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Mi experiencia2 de noviembre de 2026

Si el espectáculo depende del artista, ¿por qué al artista siempre se le paga de último?

A pocos días de cumplir 18 años tuve mi primera experiencia laboral como bailarina profesional. Ingresé a una de las compañías de danza folclórica más importantes de Colombia en aquel momento. Para una joven que apenas comenzaba su carrera, aquella oportunidad representaba un sueño y, al mismo tiempo, un enorme desafío.

Esa experiencia contribuyó profundamente a mi formación. Me permitió fortalecer mi carácter, conocer el mundo a través de giras y presentaciones, acercarme a diferentes lenguajes de la danza y comprender, de una manera más técnica, cómo se construyen las coreografías y los espectáculos.

Pero junto al aprendizaje también conocí una realidad que suele acompañar la vida profesional de muchos artistas: la inestabilidad laboral.

En ocasiones transcurrían tres o cuatro meses sin que recibiéramos nuestro salario. Sin embargo, cuando se está comenzando, se tiende a poner todo en una balanza. De un lado están el aprendizaje, la visibilidad, los viajes, la experiencia y la posibilidad de pertenecer a una plataforma reconocida. Del otro, las incomodidades, los incumplimientos y la incertidumbre económica.

Con frecuencia, terminamos convenciéndonos de que el crecimiento profesional compensa aquello que no debería ser negociable.

Veinte años después, una historia demasiado parecida

Más de dos décadas después, la vida me llevó a participar en un proyecto artístico internacional de gran formato. Ya no llegaba como aquella bailarina de 18 años, sino como una profesional con una trayectoria consolidada: coreógrafa, directora artística, empresaria y líder de procesos creativos.

La propuesta parecía representar una evolución coherente con mi recorrido. Se valoraba que quien asumiera la dirección artística conociera la profesión desde sus bases y hubiera vivido las distintas etapas del oficio: la formación, la interpretación, la creación, el liderazgo de equipos y la producción de espectáculos.

El proyecto reunía danza, música, acrobacia y otros lenguajes escénicos. Era ambicioso y tenía el potencial de convertirse en una plataforma internacional importante. Durante la primera etapa trabajé como proveedora externa, vinculada a través de una empresa creativa que cumplía razonablemente con sus pagos.

Sin embargo, mientras avanzaba el proceso, empecé a observar que otros integrantes del elenco, contratados directamente por la organización principal, no recibían sus salarios a tiempo. Algunos esperaban uno, dos y hasta tres meses para recibir el pago correspondiente a una quincena o a un periodo de trabajo ya realizado.

A esto se sumaban dificultades para acceder a condiciones básicas: espacios adecuados para el entrenamiento, implementos de acondicionamiento físico, alimentación apropiada, descanso suficiente y alojamientos dignos.

Aun así, el equipo continuaba trabajando.

Lo hacía porque existía una meta común: sacar adelante una obra de calidad. También porque muchas de aquellas condiciones se presentaban como temporales. La promesa era que, al trasladar el proyecto al país donde se estrenaría, todo cambiaría.

Esa esperanza sostuvo al equipo durante mucho tiempo. Algunas personas renunciaron en el camino, pero otras permanecimos porque creíamos en la obra, en su potencial y en la posibilidad de que las condiciones mejoraran.

La adaptabilidad no puede convertirse en resignación

Al llegar al lugar definitivo del proyecto, la realidad volvió a exigirnos adaptación. La infraestructura aún no estaba terminada y faltaban espacios apropiados para ensayar, entrenar y desarrollar con seguridad las distintas disciplinas de la obra.

Los artistas buscábamos nuestros propios lugares y soluciones para mantener el nivel del espectáculo. Una vez más, la creatividad no solo se utilizaba para construir la escena, sino también para resolver carencias operativas que no nos correspondían.

Finalmente, el espectáculo se estrenó. Llegó el público y el proyecto comenzó a funcionar. Sin embargo, muchas de las condiciones prometidas no cambiaron. Los retrasos en los pagos continuaron y se hicieron evidentes diferencias entre algunos grupos de colaboradores que sí recibían su pago a tiempo.

Fue entonces cuando apareció para mí una pregunta mucho más difícil que cualquier reto creativo:

¿Cómo podía liderar un proyecto que, en su funcionamiento, contradecía uno de los principios fundamentales de mi trayectoria: dignificar la profesión artística?

Como directora, me dolía observar lo que vivía mi equipo. En distintas ocasiones intenté cubrir necesidades que le correspondían a la organización, buscando brindarles a los artistas un poco de bienestar y estabilidad. Pero llegó un momento en que comprendí que sostener indefinidamente esa situación también podía convertirme en parte de ella.

Renunciar no fue abandonar la obra. Fue recuperar la coherencia con la artista, la líder y la empresaria que he decidido ser.

El artista no puede ser indispensable en escena y prescindible en la estructura

Después de más de veinte años de carrera, encuentro una contradicción que sigue repitiéndose en buena parte de nuestro sector cultural: el artista es indispensable para crear el producto, pero no siempre es tratado como una parte esencial de su estructura.

Las empresas culturales y de entretenimiento construyen su propuesta alrededor de la experiencia que generan los intérpretes. Sin bailarines, actores, músicos, acróbatas, técnicos y creadores, muchos espectáculos simplemente no existirían.

¿Por qué, entonces, el reconocimiento de su importancia no se refleja siempre en contratos claros, salarios justos y puntuales, espacios seguros, alimentación adecuada, descanso y acompañamiento físico y emocional?

Se invierte en infraestructura, publicidad, escenografía, vestuario y experiencia para el público. Todo ello es necesario. Pero no es coherente construir un gran espectáculo sobre la incertidumbre económica, el agotamiento o el sacrificio permanente de quienes lo hacen posible.

El bienestar artístico no es un beneficio adicional ni un gesto de generosidad. Es una requisito de producción.

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